Desde hace tres años, Catherina Andreoli decidió embarcarse en la aventura del negocio que hoy la ha vuelto cotizada entre los más acérrimos coleccionistas. Las listas de espera, interminables como exclusivas, requieren de tanta paciencia como la de darles vida trazo a trazo, a los peculiares atuendos de santos, vírgenes y ángeles.
Catherina Andreoli ha vestido de estampados hasta San Benito. Amebas, flores y toda suerte de diseños hechos a mano alzada, adornan los vestidos de cuanto miembro del santoral soliciten sus clientes. Esta caraqueña que escapó del humo capitalino para establecerse en Mérida, ha logrado amalgamar en su lista de espera a creyentes y ateos, que anhelan de igual manera, poseer sus religiosas creaciones.
Un joven pastor alemán llamado Rex, es quien sale a recibir a los visitantes del taller de Andreoli. Juguetón e inquieto, va saltando mientras los que vamos incautos al encuentro de su dueña, tratamos de evadirlo. Al flanquear al dueño del jardín, lo que sigue a continuación es una explosión de inesperados colores que se aglomeran en el pequeño local.
“¡Pasen adelante! no me puedo levantar de aquí porque como verán, me están haciendo los pies”, dice la artista mientras su pedicurista la inquiere con una mirada de “no te atrevas a moverte”. Sin embargo, no es la única que permanece inerte, quienes entran a su fábrica artesanal por primera vez, se quedan en esa actitud de asombro y maravilla, que tarda unos minutos en darle chance a las extremidades para incorporarse.
Del árbol a la talla, de la talla al estampado.
Cada una de las tallas que gozan de su pintura, vienen exclusivamente de los talleres más reconocidos de Mérida: Erazo y Rangel, ambos con características distintivas que exigen dos sensibilidades a la hora de enfrentarse a los matices.
“Yo antes trabajaba con barro, pero luego que empecé con la madera, me quedé enganchada porque además de hermosa es duradera”, dice Andreoli con su vivacidad urbana, aún presente y poco amansada por los aires andinos. Con los anaqueles al tope y un nacimiento de mayúsculas proporciones reclamando la atención de su arte, esta mujer autodidacta se embebe todo el día entre olor a madera y tintura. Sus vibrantes diseños han adornado casas, iglesias, consulados, alcaldías, embajadas y recintos de diversa índole que han querido alardear de tan exclusivas piezas. Andreoli se siente más inspirada pintando figuras religiosas, que definitivamente tiene gran parte de los adeptos en la ciudad Jardín de Venezuela. Sus trabajos poseen además la particularidad de tener los ojos cerrados, porque su creadora asegura que si los dibuja abiertos le recuerdan al menos divino galán de películas de terror “Chucky”, hilarante confesión que acompaña siempre con una franca sonrisa.
Andreoli puede pasar días, semanas o algunos meses en terminar un trabajo. La minuciosidad que requieren los estampados, el trabajo previo que necesita la madera para estar apta a recibir la primera capa de pintura y los trazos que se van desapareciendo cuando la lija pasa sobre ellos, agregan horas de espera y satisfacción cuando el producto llega al fin a manos del cliente. 
“Todo lo que ves pintado o por pintar ya está vendido”, es la sentencia que pone fin a las esperanzas de siquiera llevarse una pieza el primer día de visita. Así pues, dar una vuelta por la Granja Los Sauces con la ilusión regresar a la morada con la talla pintada en sus manos, es una quimera. Es mejor que reorganice su agenda par planificar una segunda ida al sector El Valle o como el resto de los mortales, se ponga en cola para esa dulce espera del objeto anhelado, que de seguro despertará en sus amigos los deseos más humanos, ante tales figuras de evocaciones celestiales.
Texto: Nazareth Balbás Olivero Fotos: Liliana Elías
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