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Crónica: Vivir y sufrir el Roraima PDF Imprimir E-Mail
Escrito por Máximo Rondón A.   

r “Pasará mucho tiempo antes de que nos demos cuenta de lo que hemos hecho”, reflexiona uno de mis diez compañeros de grupo, ya de regreso en Parai - tepuy, después de seis días de expedición al Roraima, el tepuy más alto del mundo.

Estamos sudorosos y nos sentimos cansados, adoloridos, y al mismo tiempo, nos embarga una paz enorme y la satisfacción de haber tenido una experiencia que pocos venezolanos se permiten disfrutar.

 La caminata a la cima no es fácil, al menos para los pocos entrenados física y emocionalmente. Cada día se convierte en una prueba para la fe y para la capacidad de adaptación a ambientes poco convencionales, caracterizados, en este caso, por la humedad constante, el frío, un clima inestable y la ausencia de toda comodidad. En condiciones como estas contar con una buena dosis de sensatez, un buen guía –responsable, respetuoso y alegre- y con mejor grupo son determinantes para vivir la experiencia del Roraima a plenitud, la que incluye ejercicio físico, aventura, solidaridad, compañerismo, e incluso, algo de misticismo. El tepuy da para todo.

Una particularidad que tiene el camino hacia la cima es su capacidad para sorprender, mostrando constantemente escenarios distintos entre los que se incluyen sabana, selva, ríos, ascensos, descensos y empinados caminos llenos de rocas sueltas. No hay nada de monótono en este trayecto que, una vez finalizado, bien sabe premiar la constancia de los caminantes mostrando vistas, plantas y animales únicos en el planeta.

El velo de la noche, si bien oculta muchas bellezas, también da paso a otras sorpresas, como lo son un cielo repleto de estrellas y, si es el caso, una luna menguante que besa la cima del monte Kukenán, eterno compañero del Roraima. Los campistas más románticos desafían el frío y la humedad y se tienden boca arriba, de cara al cielo, absortos en aquel espectáculo nocturno.

  En la cima todo el paisaje rocoso es muy singular, aún para los ojos más experimentados. No importa cuántas fotos puedan verse de aquel universo perdido, pues ninguna será capaz de reflejar  la grandeza y particular belleza de esa superficie habitada por seres de piedra, entre ellos, El Guardián del Roraima, La Tortuga o El León, quienes quizá, cuando nadie les ve, cobran vida y vagan con tranquilidad por aquel vasto territorio. Llama la atención también la blanca alfombra de trozos de cuarzo que cubre el valle de los cristales. 

r  Subiendo o bajando es fácil encontrarse con otros grupos de caminantes, casi siempre brasileños, argentinos, europeos o japoneses. Las sonrisas y los gestos amistosos servirán para trascender cualquier barrera idiomática o cultural, y aunque sea por un instante, estos hermanos del momento podrán compartir su esperanza y su cansancio.

Más allá de la caminata, hay toda una serie de experiencias y sensaciones que Roraima esta dispuesta a compartir con las almas más sensibles. Es parte de lo que nuestro guía, Francisco Orta, define como “vivir y sufrir” el tepuy. Para empezar a conocer el Roraima, hay que caminarlo, gozarlo, sudarlo, sentirlo y escuchar sus silencios. Si él nos lo permite, sabremos que valió la pena y quizá, en el futuro, cuando hayamos tomado conciencia plena de lo que significó esa aventura, queramos volver.


Texto:  Máximo Rondón A.
Fotos:   Juan Leal

 
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