Un apacible y templado viento acaricia los rostros de quienes contemplan la belleza y majestuosidad del Páramo. Ante el sonido del agua que emana de la fuente y la quietud de los árboles minuciosamente bien cuidados, todo parece tener sentido, todo parece tener solución. Permanecer en uno de los pintorescos bancos de madera y hierro forjado es una experiencia casi religiosa, que recuerda la particular idiosincrasia de los merideños: una mezcla excepcional entre el ciudadano que camina acompañado por Dios como si nada a su alrededor le perturbara y el que lo hace con la absoluta seguridad de que todo tiene un futuro y un mañana.